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Zygmunt bauman: trabajo, consumismo y nuevos pobres

Publicado por negrita en febrero 4, 2012

Bauman es uno de los lectores imprescindibles para leer la realidad en estos tiempos. aquí va un apunte de este último libro que leí.

De la ética del trabajo a la estética del consumo:

La ética del trabajo es una norma de vida con dos premisas explícitas y dos presunciones tácitas: la primera premisa dice que si se quiere conseguir lo necesario para vivir y ser feliz, hay que hacer algo que los demás consideren valioso y digno de un pago.
La segunda premisa afirma que está mal conformarse con lo ya conseguido, que no es decoroso descansar, salvo para reunir fuerzas y seguir trabajando.
La primera presunción es que la mayoría de la gente tiene una capacidad de trabajo que vender. El trabajo es el estado normal de los seres humanos, no trabajar es anormal.

La otra presunción sostiene que sólo el trabajo cuyo valor es reconocido por los demás tiene el valor moral consagrado por la ética del trabajo.

La ética del trabajo era uno de los ejes en ese Amplísimo programa moral y educativo, y las tareas asignadas formaban el núcleo del proceso civilizador.

Ni la derecha ni la izquierda se cuestionan el papel histórico del trabajo. La nueva conciencia de vivir en una sociedad industrial iba acompañada de una convicción y una seguridad: el mundo era una gran fábrica.

Hoy todo esto ha cambiado, la nuestra es una sociedad de consumidores.
Todo ser vivo necesita consumir, pero a qué nos referimos cuando decimos que vivimos en una sociedad de consumo? El primer cambio es probablemente, el modo como se prepara y educa a la gente para satisfacer las condiciones impuestas por su identidad social; es decir, la forma en que se integra a hombres y mujeres al nuevo orden para adjudicarles un lugar en él. Las clásicas instituciones (Estado, escuela, familia) cayeron en desuso.

Un dato: La productividad crece en forma inversamente proporcional a la disminución de los empleos. La gente empleada en la industria se redujo en la UE entre 1970 y 1994 entre un 30 y un 20% , la productividad aumentó un 2,5% en el mismo período.

Para aumentar la capacidad de consumo no se debe dar descanso a los consumidores. Es necesario exponerlos siempre a nuevas tentaciones. Para seducirlos necesita consumidores (con el deseo dispuesto a saltar de un lado a otro, el deseo también de comprar a crédito lo bastante fuerte como para superar el temor a la insolvencia) así como el patrón industrial necesita obreros disciplinados y obedientes.

El crecimiento económico, la medida moderna de que una sociedad funciona es el mayor índice de consumo, no tanto de la fuerza productiva. El nuevo lema es flexibilidad, lo que implica un juego de contratos y despidos con muy pocas reglas, pero con el poder de cambiarlas unilateralmente, mientras la partida se está jugando.
Nada perdurable puede levantarse sobre esta arena movediza. La identidad ya no se construye sobre la base del trabajo.

Sólo colectivamente los productores pueden cumplir su vocación, la producción es una empresa colectiva, que supone la división de tareas, la cooperación entre los agentes y la coordinación de sus actividades. Los productores están juntos aunque actúen por separado. El consumo en cambio, es una actividad esencialmente individual. El deseo siempre es una sensación privada, difícil de comunicar. Todo esfuerzo por superar la soledad endémica propia del acto de consumo resultará vano. Los consumidores seguirán solos, aunque actúen en grupo.

La libertad de elección es la vara que mide la estratificación en la sociedad de consumo. La riqueza sólo importa en tanto nos da más posibilidades de elección. La nuestra es una comunidad de tarjetas de crédito, no de libretas de ahorro.

Es la estética, no la ética el elemento integrador en la nueva comunidad de consumidores.

En resumen: la estética del consumo gobierna hoy, allí donde antes lo hacía la ética del trabajo. En la sociedad de consumo no hay lugar para el aburrimiento.

Ascenso y caída del estado benefactor.

El concepto de estado benefactor encierra la idea de que entre las obligaciones del estado, está la de garantizar a toda la población una situación de bienestar, algo más que la supervivencia, una vida digna, equilibrando las desigualdades existentes.
Hace dos décadas los hechos parecen negar todo esto.
La mayoría de los votantes apoyan a los partidos que explícitamente reclaman la reducción de las prestaciones sociales o prometen reducir los impuestos a la renta individual.

La clase marginada – son los que abandonan la escuela, los que no trabajan, las madres solteras, los alcohólicos, inmigrantes. Qué tiene en común? Los demás no encuentran razón para que existan, posiblemente imaginen que estarían mejor sin ellos.


Sin función ni deber moral son temidos. Ser pobre es un delito.

Todo esto contribuye a la gradual pero implacable disolución de la comunidad, de los lazos. Dejan huellas profundas y erosionan gravemente todo vínculo. Hacen mucho daño a la calidad de vida que no es lo mismo que nivel de vida, ese daño no puede ser reparado ni compensado por las ofertas del mercado.

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