fragmentos del libro de andrés rivera:
Juan josé castelli:
camaradas, no hay revolución sin revolucionarios.
¿qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿qué derrotó a la utopía? ¿por qué con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado en los días de mayo traicionan la utopía?
Qué da la revolución a los desheredados? Después de haber alcanzado en un principio ciertos éxitos, el movimiento revolucionario resulta a la postre vencido. Le faltan siempre conocimientos, habilidad, medios, armas, jefes, un plan de acción fijo y cae indefenso ante los conspiradores que disponen de experiencia, habilidad y astucia.
Créame, Alzaga se hará entender. Cuando un palo duro cae sobre el lomo de la gente, la gente come mierda y besa la mano del que maneja el palo.
Y hombres como Rivadavia, que aman al poder más que a sí mismos, más que a la mujer que desposaron, más que a la lealtad al amigo, más que a causa alguna de redención humana a la que hayan entregado.
La representación teatral no me cambióa mi, a Moreno, Agrelo, Vieytes, French, Warnes, y a los vagos y mal entretenidos que huyen, sin esperanzas, de los señores de la vida y de la muerte. No cambió a Buenos Aires ni al país.
Aquí, en esta ciudad y en este país, el contrato social que filosofó un licencioso ginebrino, ha sido suscripto por asesinos. Aquí, el gusto por el poder es un gusto de muerte.
Dijo que recordaba al doctor Juan José Castelli, en el ejército del Alto Perú, jurándole que un hombre libre es igual a otro hombre libre y que donde fuesen las armas de la libertad darían tierra, pan, trabajo y escuelas a blancos, negros e indios. Dijo que escuchó al Dr Castelli como se escucha al Mesías.
Segundo Reyes dijo que recordar era tan gracioso como olvidar. Dijo que él vendía pescado. Que salía en un bote de madrugada a pesar, estuviese bravo el río o no. Y que en medio del río le daban mareos de sólo pensar en los bienes y riqueza de los señores Anchorena. Dijo que los señores Anchorena no vendían pescado. Que él era un hombre libre y los señores Achorena eran hombres libres, y que eso también le daba mareos. Dijo que él, que combatía los mareos con un trago de alcohol, era un perfecto idiota: quien cree en la palabra del mesías es un perfecto idiota. Dijo que los señores Anchorena cerían en los pagarés. Dijo que él vendía pescado. Dijo que él era un perfecto idiota, creyó en las palabras del doctor Castelli, como se cree en la palabra del Mesías, y en las de los libros que el doctor Castelli le indujo a descifrar y que creyó en eso de que un hombre libre es igual a otro hombre libre.
Perpetuo aprendizaje de los revolucionarios: perder, resistir. Perder, resistir. Y resistir. Y no confundir lo real con la verdad.
El destino es una casualidad que se organiza.
Conozco a Igarzábal. Conozco a ese caballero: no se ríe, relincha, y es, no por casualidad, edecán y secuaz incondicional de Saavedra y ambos, como Alzaga, realistas solapados. Son los partidarios del orden. De qué orden, preguntémonos. Del orden que perpetúa la desigualdad, como si fuese un mandato divino. Mi primo Belgrano no descubrió nada nuevo cuando dijo que no conocen más patria que su interés.
¿Qué juramos el 25 de mayo de 1810, arrodillados en el piso de ladrillos del Cabildo?
La verdad es escandalosa. Lo demás es aflicción inútil, retórica inutil.
Juré que la revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde.
Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?
Este mundo es nuestro mundo, este país, nuestro país, esta sociedad, nuestra sociedad: ¿quién tomará la palabra si no la tomamos nosotros? ¿Quién pasará a la acción si no somos nosotros?”
